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Desde la dedicación del capítulo IV en sus numerales 30 al 38 de la constitución dogmática de CVII al laicado, la recepción que desde Franscisco se hace del concilio es una corresponsabilidad de todos los días para nosotros.  El episodio del Concilio de Jerusalén en Hechos 15 ofrece un paradigma decisivo. La fórmula “El Espíritu Santo y nosotros” no es una consigna retórica, sino la manifestación de una Iglesia que sabe escuchar, debatir, orar y decidir en comunión.  En ese texto neotestamentario aparece una lógica eclesial que conjuga autoridad, participación y discernimiento, evitando tanto el autoritarismo unilateral como la dispersión asamblearia. 


La Iglesia en América Latina y el Caribe tiene en la sinodalidad una oportunidad providencial para renovar su rostro y su misión. No se trata simplemente de adoptar un vocabulario nuevo, sino de asumir una conversión que toque la manera de comprender la autoridad, de valorar la experiencia creyente del pueblo y de organizar la vida parroquial.  Puedo afirmar con absolutar certeza que, la sinodalidad será fecunda allí donde el Pueblo de Dios sea reconocido como sujeto real, donde el ministerio ordenado se viva como servicio articulador, donde el clericalismo sea desenmascarado y combatido, y donde la misión impulse todas las estructuras hacia las periferias.

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