Al bordar la relación entre poder y sinodalidad, tocamos un punto crucial: la tentación de convertir el "caminar juntos" en una simple negociación de posturas humanas, un debate parlamentario o una lucha de cuotas de influencia.
Sin embargo, para que la sinodalidad sea auténticamente eclesial y no puramente sociológica, la clave no está en la dinámica del discernimiento.
Caminar juntos exige entender que son servicio y escucha. Para no confundir nuestras agendas personales con el querer de Dios, el proceso sinodal debe guiarse por los siguientes criterios:
El silencio sobre el ruido: No basta con hablar o ser escuchados; el discernimiento exige aprender a callar para escuchar lo que el Espíritu dice a la Iglesia. Sin oración profunda, terminamos escuchando solo nuestro propio eco.
Descentrarse para centrarse en Cristo: El peligro recurrente en todo ejercicio de autoridad o participación es absolutizar nuestras ideas. Discernir es pasar de la pregunta "¿Qué quiero yo para la Iglesia?" a "¿Qué pide el Señor a su Iglesia hoy?".
La prueba de la humildad y los frutos: La voz de Dios consuela, unifica en la verdad y genera paz humilde. La voz de nuestro propio ego suele traer impaciencia, división y necesidad de imposición.
Como nos recordaba San Juan Pablo II al invitarnos a "remar mar adentro", el verdadero poder de la Iglesia reside en su capacidad de obedecer al Espíritu. Si la sinodalidad nos quita el protagonismo a nosotros para dárselo a Dios, entonces habremos encontrado el verdadero camino.