En la Iglesia sinodal, sus integrantes se unen antes por Vocación divina que por decisión libre: Dios llama a cada hombre y mujer a la santidad, sucediendo a ello su integración al Cuerpo Místico de Jesucristo.
El liderazgo es virtud humana: todo bautizado da ejemplo y motiva a la santidad. Influye positivamente según su grado de santidad. Todos son líderes —sal de la tierra y luz del mundo—, con mayor o menor brillo.
Dios llama a tareas específicas: varones al ministerio pastoral de obispos y presbíteros, sucesores de los Apóstoles; varones y mujeres con carismas a la vida religiosa y movimientos laicales. Estas vocaciones secundarias colaboran en santificar la humanidad, liberándola de pecado, maldad e injusticia, para que todos sean perfectos como el Padre.
La Iglesia se organiza para esta misión, a través de los ministerios confiados a los bautizados y determinados por los obispos.
La autoridad, según Jesús, exige hacerse servidor de todos. Frecuentemente se abusa de forma autoritaria. El unanimismo contradice la Iglesia sinodal y es error promovido por quienes abusan de la autoridad.
Sobre el énfasis en las mujeres, no despreciarlo, pero respetar las diferencias que Dios quiso entre varones y mujeres. La maternidad —toda vida se gesta en el vientre, don exclusivo a las mujeres— no se ha reconocido plenamente. Reducir la Paternidad de Dios a cultura hebrea o machismo es infantil. La Iglesia debe ahondar en los designios de Escritura y Tradición, sin amoldarse a corrientes mundanas.